LOS FINALES DE LAGUERRA CIVIL Y COMIENZOS DE LA POSGUERRA. Por: Alfonso de Orueta Ontañón

Reproducimos aquí este escrito del malogrado Doctor Alfonso de Orueta Ontañón, persona respetada e intelectual activo. Fallecido en 2015, fue objeto de muchos recordatorios.Por ello, aunque este escrito fue reproducido entonces en la web https://pacodeluisorueta.wordpress.com, lo recordamos aquí por indicación del director de cine y escritor Javier Maqua, amigo de Orueta Ontañón.

LOS FINALES DE LAGUERRA CIVIL Y COMIENZOS DE LA POSGUERRA

Alfonso de Orueta Ontañón, Marzo de 2009

Hace Unos días, mi buen amigo Javier Maqua me recordó que, en algún momento, le había prometido, ingenuamente, transmitirle unos recuerdos sobre la época a que se refiere el título; es decir, el final de la terrible guerra civil que comenzó en el verano del 36 y terminó en la primavera del 39. Ahora, él me solicita el cumplimiento de aquella promesa. Intentaré complacerle.

En primer lugar, debo disculparme de antemano, por la brevedad e imperfección de mis recuerdos. Sirva de excusa, el tiempo transcurrido, la pluralidad de acontecimientos y, sobre todo, la corta edad en que yo me encontraba en esos años -nací en 1927-. Sin embargo, fueron acontecimientos tan señalados, tan notorios que, incluso para un niño de corta edad, hubieron de hacerle gran impresión y, alguno de ellos, como el día en que se inicio el golpe militar -el 18 de julio- los recuerdo vívidamente. Pero aquí, lo que interesa es el final de la guerra, no el comienzo. Pues bien, en el invierno de 1939, yo estaba con mi familia -padre muy enfermo, madre sana y aún en sus 40, hermana de 2 o 3 años- en un hotel de Albacete…… ¿Qué hacíamos nosotros allí? He de resumir esas circunstancias.

 

Mi padre, de familia acomodada culta, de origen malagueño aunque de ancestros vascos como indica nuestro apellido, de ideas moderadamente liberales, era ingeniero técnico de montes y trabajaba en la Reforma Agraria -institución creada o favorecida por la Republica, que pretendía resolver, en alguna medida, los problemas de latifundios de nuestro suelo-. Él no era político –no estaba afiliado a ningún partido- pero tengo la impresión de que había votado en los comicios del 36 por el partido de Azaña por el que tenía especial admiración. Mi madre -Belina Ontañón de soltera-, de cultura escasa, de familia tradicional santanderina, era religiosa -no beata desde luego- y “de orden”; es decir, moderadamente de derechas. En su familia – cinco hermanas y un hermano- había dos bandos como en tantas en aquellos tiempos. Los más jóvenes eran con frecuencia de izquierdas, progresistas y avanzados; los mayores, seguían las normas tradicionales de los partidos conservadores. Así, Santiago, su joven hermano era abiertamente de izquierdas. Era artista, pintor, escenógrafo, buen amigo de muchos de la generación del 27, especialmente de Alberti y de Mª Teresa León. Estaba comprometido con los republicanos y trabajó activamente en la revista “El mono azul”, abiertamente adicta al Partido Comunista aunque él nunca estuvo afiliado. Una hermana, la más pequeña, de nombre Celia, trabajaba con Eltibio Alonso, político canario de Izquierda Republicana que fue subsecretario de agricultura y terminó en el exilio. La tía Celia fue el vínculo que nos condujo a Albacete como se verá por los acontecimientos que siguen.

A los pocos meses de iniciada la contienda –en octubre y noviembre del 36- ante la posible caída de Madrid en manos de las tropas nacionales de Franco, el gobierno se trasladó a Valencia -y creo que parte a Barcelona-. La familia, debido a la escasez de alimentos y a los frecuentes bombardeos de las tropas insurgentes, aun sin perder del todo los lazos que la unían con Madrid, decidió seguir el rumbo que obligaba a mi padre a trasladarse a su destino.

Valencia nos pareció una ciudad encantadora. Nos alojamos en un piso confortable en la calle Colón. Yo iba al cine solo y allí vi la primera película “porno”. Pasamos unos meses de verano agradables en un lugar delicioso –Burjasot- del que guardo el mejor recuerdo y unos buenos amigos.

Entretanto, en un viaje de Madrid a Valencia de mi tía Celia con Eltibio Alonso, al paso por Albacete, el automóvil se averió y tuvieron que hacer noche. La dificultad de alojamiento les obligó a “recogerse” en la casa de socorro donde, casualmente, un médico de guardia –el doctor M. Panadero- conoció a mi tía. Las cosas se complicaron y mi tía se quedó allí, en un hotel que ostentaba el nombre de Gran Hotel (era el mayor de la ciudad, desde luego).

En algún momento del invierno de 1938, mi padre fue destinado a un poblachón de la provincia de Badajoz -Cabeza de Buey- que, deteriorado por la situación de la contienda, ofrecía un aspecto lamentable. Renuncio a relatar el viaje que nos llevó primero a Chiruela, en Ciudad Real, y de allí a Agudo, próximo a Almadén. Los meses que pasamos en Cabeza de Buey fueron terribles, agónicos. Recuerdo como hecho memorable una invasión de langostas que arrasaron en pocas horas los campos de alrededor. De allí tuvimos que salir a toda prisa ante el avance de las tropas “nacionales” y, en otro viaje absolutamente dantesco, con mi abuelo agonizante y mi padre en clara insuficiencia cardiaca, llegamos como pudimos, en un vagón de ganado, a Albacete tras tres días de sufrimiento. Esta ciudad era el último recurso que encontramos ante aquella situación extrema, pues allí estaba mi tía Celia -que se había hecho novia formal del Dr. Panadero, prestigioso especialista de otorrinolaringología, de familia conocida y apreciada-. Era el otoño del 38 y ya quedaban pocas esperanzas de triunfo de la Republica en la contienda. Las tropas “nacionales” habían ya llegado al Mediterráneo, se había perdido la batalla del Ebro y la consigna y última esperanza era resistir: con píldoras de resistencia del Dr. Negrín; es decir, lentejas.

Mi abuelo falleció nada más llegar a Albacete. Mi padre, con su grave enfermedad cardiaca, fue aconsejado que “reposara en el campo”. Por alguna razón que no recuerdo, nos trasladamos a un pueblo cercano llamado Balazote, famoso por una escultura prehistórica –La Bicha de Balazote-,  donde pasamos varios meses.

Nuestra estancia en ese lugar fue espeluznante. Llegamos en noviembre y, claro está, pronto se echó el invierno encima: un frío atroz y nada de calefacción. Nos refugiábamos en una pequeña habitación con chimenea diminuta, escasa leña -o carbón- que  a duras penas conseguíamos. Acostarse era una hazaña memorable -las sábanas húmedas y heladas-. Lavarte o ir al retrete representaba un esfuerzo sobrehumano. Mi hermana Tolita, que tenía 2 años, estuvo muy enferma –creo que con difteria- lo que fue una preocupación grave añadida. Mi madre y su hermana se aseaban como podían en un pequeño patinillo mientras unas vecinas, a través de un ventanuco, las observaban e hicieron correr la voz de que eran “del teatro” y por eso se exhibían en paños menores. La comida que conseguíamos era poca y mala: gachas de almortas y algo de matanza de cerdo que nos proporcionaba generosamente una vecina a la que llamábamos la abuela Rosa y que hacía lo imposible para que su hijo no fuera movilizado para ir al frente.

En esos meses que pasamos allí, recuerdo varios incidentes macabros: murió un niño de unos cinco años, seguramente de una tuberculosis abdominal, y asistí al primer entierro de mi corta vida. Mi padre no mejoraba, seguía con la hinchazón de las piernas y cada vez que tenía que ir de visita médica a Albacete había que solicitar una “plaza” en un pequeño autobús que, eventualmente, cubría los 30 Km. que separaban el pueblo de la capital. Alguna vez hicimos autostop en la carretera y de cuando en cuando paraba algún camión con bidones de aceite pesado y nos permitían encaramarnos a una especie de estribo lateral: ¡un horror!

Las noticias del frente, los partes de guerra, no eran alentadores. Madrid resistía pero el resto de la zona aun no invadida era cada vez más escueto. Se había perdido toda esperanza de un final inmediato -“Madrid será la tumba del fascismo”-. “Resistir es la consigna” decía la radio. Se oían rumores de un probable e inminente conflicto europeo entre la coalición italo-alemana y el bloque anglo-francés: esa era la esperanza del gobierno de Negrín. Pero un pacto de no agresión entre Hitler y Stalin -nuestro único aliado y proveedor de armas y petróleo- disipó cualquier esperanza.

En estas circunstancias, después de la calamitosa experiencia de Balazote, volvimos a la capital manchega y nos instalamos una vez más en el Gran Hotel donde -según anticipé- nos encontrábamos al acabar la guerra. Esta vez, el Gran Hotel me pareció un Ritz en comparación con la casucha de la que veníamos. La comida no era buena -lentejas de primer plato y buñuelitos de lentejas de segundo-,  pero las habitaciones, los salones y el comedor eran moderadamente confortables.

Funcionaban dos teatros-cines, el Capitol –enfrente del hotel- y el Teatro-Circo, también cercano. En el primero, donde me dejaban entrar pese a mis escasos años, actuaba una compañía de revista musical. Allí vi por primera vez mujeres medio desnudas y aprendí frases de “doble sentido”, verdes o picarescas. No puedo olvidar una supervedete llamada Nelly del Plata que hacía “Las Leandras” y otra, cuyo nombre no recuerdo, que me gustaba más y que representaba “Las Corsarias”. En la opereta-revista se cantaba un pasodoble, “Banderita tu eres roja / banderita tu eres gualda”. Naturalmente se alteraba el texto diciendo: “Banderita tricolor”. A mi me impresionó que Nelly del Plata llevara una pulserita de oro en un tobillo y, sobre todo, el volumen de sus glándulas mamarias que rebosaban en un sucinto sostén. En el Teatro-Circo solían proyectar una película y, como fin de fiesta, realizaban algún número circense o una pieza bailable. También servía de entretenimiento un tenderete de coches de choque que yo solo había visto de soslayo antes del comienzo de la guerra. Costaba 1 peseta cada 3 minutos, pero entonces disfrutaba de algún dinero que me daban mis padres y mis tíos.

Durante el comienzo del invierno del 39 pasaron por la ciudad algunos amigos de camino de Alicante a Valencia. Así, fueron a visitarnos mi tío Santiago y mi seudo-tío Placido G. Duarte. Mi padre seguía seriamente enfermo pero se las arreglaba para mandar algún pequeño paquete de alimentos a su hermano Paco que pasaba un hambre canina en Madrid. Esta ciudad era objeto de cañoneo de obuses dirigidos hacia la telefónica pero que caían en sitios variados. Con mi tío Paco vivió una temporada su primo Ricardo Orueta, residente de la Residencia de Estudiantes hasta su clausura durante la guerra. La esposa de tío Paco –inglesa- y su hija habían salido de España.

Parte de mi familia materna estaba en Barcelona que fue ocupada en el otoño del 38 por las tropas nacionales. El ambiente era de completa derrota. Todo hacía esperar un final próximo y se hacían cábalas respecto a las represalias y a las venganzas. Los de derechas repetían una promesa: “los que no tengan manchadas sus manos de sangre”……….”, pero otros muchos eran menos optimistas y decían que las tres “PES” -Porteros, Periodistas y Policías-, “esos sí que debían pagar sus culpas”.

En aquellos días por el Gran Hotel desfilaba gente variopinta que pretendían, con alguna disculpa, acercarse a un puerto de escape. La esperanza de una victoria republicana se disipaba por momentos y un cierto rictus de irónica alegría se reflejaba en la expresión de los derechistas. Como puede comprenderse, la mayoría de la gente, por los horrores y privaciones que habían sufrido durante tantos meses de contienda, esperaba el final de la guerra: el desanimo, el hambre y el temor habían invadido el espíritu de la población. Corrían bulos respecto a la cercanía de las tropas.

Así seguimos 2 o 3 días: esperando a las tropas vencedoras. Una mañana de finales de marzo se vio un alboroto en la plaza del Altozano, contigua al Gran hotel. Un automóvil atravesó el centro de la plaza esquivando los árboles y haciendo sonar el claxon ostentosamente. Poco después, voces de “viva españa”, “viva franco”, o similares se oyeron por toda la ciudad. Se arrió la bandera que ondeaba en un edificio oficial y se izó la bandera bicolor. El futuro esposo de mi tía Celia -el Dr. Panadero- era quién nos traía algunas noticias siempre escasas y de dudosa veracidad.

Por fin se dijo por la radio que el ejército estaba a punto de llegar. Camiones con soldados uniformados, automóviles con banderas bicolores, alguna motocicleta, cruzaban el centro de la ciudad entre aplausos. Un público bastante numeroso esperaba en las aceras de la calle y aplaudía con cierto entusiasmo. Recuerdo que mi tía Vito – que siempre fue muy de derechas- dijo entre sollozos: “esto es el ejército de España”; mi padre la corrigió “no, Vito, esto es el ejército de Italia”. Las tropas españolas no llegaron hasta varios días después.

El Gran Hotel se convirtió en el centro de operaciones del “Estado Mayor”. Los jefes militares italianos se instalaron en él y uno de ellos, que era medico militar, vino a visitarnos en un gesto de cortesía.

Dos días después dieron la noticia de que los nacionales habían entrado en Madrid y que la contienda tocaba a su fin. Varias personalidades pasaron por Albacete camino de Alicante, último puerto en manos de la República: intentaban refugiarse en cualquier buque que los pusiera a salvo.

Los días siguientes estuvieron cargados de nerviosismo y desconcierto puesto que la gente quería mostrar entusiasmo a toda costa; se aprovechaba el paso de un guardia civil con tricornio, y no digamos de un cura a teja calada, para provocar el entusiasmo de los viandantes. El primer domingo tras el final de la guerra se celebró una misa en el parque de la ciudad, en el templete destinado a la música. Era el primer acto religioso que se hacía en público después de casi tres años. La población se precipitó en bloque, muchos seguramente para demostrar su adhesión al Movimiento. Mi familia intentó asistir pero no logramos penetrar a través de la nutrida muchedumbre y solo pudimos oír los acordes del himno nacional en el momento de La Elevación a través de los altavoces.

La mayor parte de los comercios estaban cerrados y los pocos que permanecían abiertos rehusaban vender cualquier género ya que se intuía que el dinero en curso no iba a tener valor. Por otra parte, los bancos estaban cerrados. Algunas personas habían conservado billetes de antes de la guerra que eran bien recibidos dependiendo de su numeración y algunas personas “listillas” pretendían saldar pequeñas cuentas con dinero republicano que casi nadie aceptaba.

En términos generales, el comportamiento de los oficiales italianos fue correcto, pero un pequeño incidente entre un capitán del ejercito italiano y el director del hotel mostró la posición de victoria cuando, al ser interrumpido, gritó con voz estentórea: “Usted se calla cuando yo hablo”. Con nosotros, sin embargo, fueron amables y correctos –incluso nos dieron algún cigarrillo-. Mi padre les ofreció coñac Peinado, de Tomelloso, bastante bueno.

Pasaban los días y nosotros estábamos ansiosos por regresar a Madrid, a nuestra casa, pues no sabíamos en que condiciones se encontraba. Por fin, puestos en contacto con un familiar, decidimos volver pero, ¿cómo hacerlo? Mi madre tenía un pariente –el tío Evaristo de la Gándara- jefazo de la MZA -después sería RENFE- y eso nos proporcionó, con solo su nombre, los billetes de regreso.

Nos pusimos en camino con varias maletas y un pequeño maletín con cubiertos de mesa –único bien que habíamos conservado durante nuestro periplo-. Ya corría el mes de mayo, los días largos y calurosos nos hicieron fatigoso el camino del hotel hasta la estación. Cuando entramos en el vagón, ya de noche cerrada, nos encontramos en un compartimento “de segunda” reservado para nosotros solos. Tardamos más de dos días en llegar a la estación de Atocha, no sin antes descansar en El Cerro de Los Ángeles, parcialmente destruido, que había servido como base de una batería que disparaba obuses y otros regalos a la población madrileña. Recuerdo que en algún momento un militar, al preguntarle yo lo que significaba la Cruz Laureada de San Fernando, me contestó: “es la más alta distinción a que puede aspirar un hombre”.

Nos cruzábamos o nos adelantaban trenes abarrotados de soldados que regresaban o se dirigían a sus cuarteles. Les teníamos que dejar paso preferente así que tardamos varías horas en llegar a Madrid. Cuando lo hicimos era ya de noche. A mi tía se le ocurrió preguntar a un militar diciéndole: “salud camarada”; el militar se sonrió mientras ella se sonrojaba. Andando, nos encaminamos por la Castellana hasta Martínez Campos donde vivían mis tíos. Dormimos como pudimos y al día siguiente nos pusimos en contacto con otros familiares y nos instalamos en casa de mis primos, los hijos de mi tío Serafín, en la calle de Velázquez, nº 45. Era una familia muy de derechas que había pasado la guerra en la zona de Franco. En Valladolid había muerto su viuda -la tía Mª Luisa Heredia- y su hijo Guillermo había sido tiroteado por una ráfaga de ametralladora en la Casa de Campo cuando creyó que el conflicto se había terminado. El ambiente en aquella casa era de gran tristeza y de ninguna forma se festejaba la victoria. Mi única distracción era aporrear un viejo piano en el que me esforzaba en obtener la melodía del Cara al Sol. A mi padre, agravada su enfermedad cardiaca, le ocultaban la muerte de su cuñada y sobrino y así pasamos varias semanas.

En la manzana contigua, en la calle Velázquez, en el nº 51, vivía un íntimo amigo de mis padres, un cirujano prestigioso, al que yo llamaba tío y del que yo, durante toda mi vida, fui deudor de cariño, enseñanzas y apoyo. Era de ideas liberales y había sido durante la guerra director del hospital de La Princesa, que se instaló provisionalmente en el edificio del colegio de El Pilar que casualmente fue donde estudié yo después el bachillerato.

Cuando por in lograron adecentar nuestra casa de Zurbano 45 nos trasladamos a nuestro allí. Mi padre seguía mal, cada vez peor. Tío Plácido Duarte le recomendó que le viera el Dr. Calandre, famoso cardiólogo, cuyo pronóstico fue muy pesimista. Le recomendó un clima suave y una región cercana al mar. Como no teníamos un céntimo y el sueldo de mi padre era muy escaso recurrió a su hermano Paco que, como siempre, se mostró generoso pero, a pesar de todo, no pudimos seguir aquel consejo.

Comenzaba el mes de agosto. Yo iba a un colegio de la calle de Fuencarral donde me preparaba para examinarme de ingreso y 1º de bachillerato. Era un colegio de los hermanos Maristas, más bien cutre, con alumnos y profesores del barrio de Chamberí. Pero aprobé los exámenes, tenía doce años y algunos amigos del barrio y el colegio. No se hablaba de política pero éramos del régimen: “los rojos eran malos”. Cada familia contaba su historia, las penalidades de la guerra y los hechos heroicos de sus familiares y amigos.

Así, los míos normalizaron su vida. Mi tía Marta y su hija Martita, que era mi madrina, regresaron de San Sebastián donde, a la vuelta de Inglaterra, habían pasado el último año de la guerra. Tío Placido Duarte -como yo le llamaba- estaba solo pues su esposa se había marchado a Barcelona temporalmente por temor a ser expedientada y detenida por ser considerada de ideas “avanzadas” por algunos amigos y compañeros de su marido. Mi tío Santiago se había refugiado en la embajada de Chile –era muy amigo del encargado de negocios de ese país y de su mujer, Carlos y Bebé Morla-. Íbamos con frecuencia a visitarles a la embajada en la calle del Prado donde vivía hacinado con varios refugiados republicanos. Más tarde se trasladaron a un piso -la Chancillería- en la calle Miguel Ángel. Por allí paseábamos para verle en un balcón contiguo a lo que, mucho después, fue el hotel Hilton. Sin embargo, siempre teníamos cierto temor pues  hubieran podido molestarnos por nuestros familiares rojos. Recuerdo que a una hermana de mi madre, mi querida tía Sara, le habían regalado una pequeña figura de porcelana de Sevres – o quizá de Sajonia- que decidieron eliminar por temor a un registro. La trocearon y yo acompañé a mi tía a diseminar los trocitos de porcelana por los jardincillos del antiguo Hipódromo. Mi otra tía, la tía Vito -que como he dicho era muy de derechas- era novia de un médico con el que terminó casándose. Él era tradicionalista y ella se hizo de Falange que ya se había fusionado en un partido único: FET y de las JONS. La hicieron directora de un hogar infantil y allí iba yo a verla con frecuencia, primero a un precioso chalet en la calle Serrano y luego a la Ciudad Lineal. Pertenecía al Auxilio Social que acogía a niños que se habían quedado sin hogar durante la contienda. Era muy triste observar la soledad de algunos de ellos que no recibían visitas ni afecto de ningún allegado.

Poco a poco reanudé el trato con algún amigo de antes de la guerra -Joaquinito Martínez y Rafael Ramírez- que venían a casa y jugábamos en una terraza interior; jugábamos, claro está, a la guerra que siempre tenían que ganar los “buenos”, los triunfadores. Yo, con frecuencia, dibujaba aviones y tanques pero siempre representaba a los vencedores con la cruz svástica.

Como dije, no pudimos seguir el consejo del Dr. Calandré –habíamos pensado trasladarnos a Santander- pues se precipitaron los acontecimientos. El día 13 de agosto de aquel año –1939- falleció mi padre. Cuando llegué del colegio le hice una pregunta de geometría que a duras penas pudo aclararme, y cual sería mi cara de terror, que me dijo: “¿tienes miedo por papá?”. Yo le contesté algo inconexo y mi madre me rogó que fuera en busca de mi tío Ángel, el médico, que vivía cerca de casa. Nunca más vi a mi padre excepto, como una visión fugaz, en el túmulo donde yacía cadáver.

A finales de la guerra, cuando la suerte estaba echada, algunos derechistas “aprovechados” se habían apuntado a la Falange clandestina -FET y de las JONS- con vistas a algún puesto en el futuro. Ciertamente, en el otoño del 36, mi tío Julio se había comportado como un valiente pues escondió a José Luis Sainz de Heredia –primo de José Antonio Primo de Rivera y, después, famoso director de cine- durante una temporada en su casa, a pesar de que no le conocía casi ya que de quien era amigo era de mi tío Santiago, su cuñado. En esta situación, una noche registró la casa Atadell -que era famoso y peligroso por su crueldad en la lucha policial antifascista- que había recibido un chivatazo y solo la palabra de Santiago – de indiscutible implicación con las izquierdas- les salvó la vida. Por fin, Sainz de Heredia pudo refugiarse en una embajada y al fin de la guerra se portó caballerosamente con sus antiguos huéspedes.

El ambiente y el sentimiento de parte de la familia me hicieron “apuntarme” a la falange juvenil -los Flechas y Pelayos- y a sentirme moderadamente “de derechas”. Asistí varias veces a una concentración juvenil que se celebraba en una especie de cuartel no lejano a mi domicilio. Mis primas me proporcionaron una camisa azul y unas botas “ad hoc”. Pero duré poco: un día nos llevaron andando desde Ríos Rosas hasta el cine Capitol con la esperanza de ver una película, pero no fue así ya que solo nos quedamos en la puerta “descubriendo la carrera”; llegue a casa rendido; pocos días después, recibí un sonoro bofetón por levantar el brazo izquierdo en vez del derecho al cantar el Cara al Sol; eso y una arenga estúpida en la que se proclamaba que “el Movimiento era un Imperio hacia Dios”, me determinaron a no volver a cualquier acto de parecidas características.

Los balcones de las casas, y mucha gente en la manga del abrigo, portaban insignias o banderas bicolores y la calle estaba decorada con carteles y frases alusivas al triunfo y al entusiasmo franquista.

Pero la represión seguía en marcha. A unos vecinos y buenos amigos –ellas eran profesoras del Instituto Escuela- que utilizaban a veces el teléfono de casa, las detuvieron varias veces ante la sospecha de que pertenecían al Socorro Rojo. Una vez, llegó a mi casa un policía y preguntó por ellas, se llamaban Aroca y por error mecanográfico habían escrito Arica. Yo, muy jovenzuelo, me agarré a ese error como clavo ardiendo y les conté que mi tío vivía exiliado en esa ciudad del Perú, por lo qué seguramente, el detenido que habían interrogado tenía su dirección. Las de Aroca, eran gente honestísima y a mí me habían dado clase “particular” como refuerzo a mi ignorancia causada por los años de la guerra.

Empezó el curso de octubre del 39 –Tercer año triunfal– y la familia de mi padre, especialmente mi tío Paco -que actuaba como tutor y pagaba el colegio- decidieron cambiarme de colegio a otro más elegante, el de El Pilar, adonde habían ido mis primos mayores. Ello, y el regreso a Madrid de la esposa de tío Placido, Montserrat –la tía Montse- variaron radicalmente mi vida. Pero esto lo contaré, a lo mejor, en otro momento.

Había comenzado la guerra mundial en septiembre del 39 y mucha gente, especialmente la de derechas, había tomado partido por las potencias del eje italo-germano. La influencia de mis tíos Paco y Marta y, sobre todo, la actitud del matrimonio Duarte cambiaron mis simpatías entre los contendientes a pesar del ambiente colegial que era abiertamente germanófilo.

En esos primeros momentos, en el colegio de El Pilar te agredían o castigaban si ponías en duda los principios del Movimiento y recuerdo algún incidente tan lamentable como aquel día que en un cine de la Gran Vía –entonces avenida de José Antonio- se interrumpió la sesión para anunciar el hundimiento del acorazado Príncipe de Gales por la aviación japonesa -pocos meses después los japoneses causaron en Filipinas miles de muertos y asesinatos de españoles allí residentes-. Sin embargo, según el transcurso de los acontecimientos guerreros, las simpatías por los países beligerantes fueron cambiando. Al final, en mi clase, los “aliadófilos” éramos casi la mitad, lo que reflejaba la alteración de la opinión de la burguesía.

La vida intelectual, casi inexistente, era lamentable. Algunos escritores y gente de pensamiento: Baroja, D’Ors, Azorín,…… habían vuelto a sus domicilios. Don Pío, era el más odiado por la iglesia y fue duramente criticado e incluso amenazado. Nunca más se volvió a hablar de Don Antonio Machado que falleció poco después en Colliure. Miguel Hernández murió encarcelado en Porlier o en Toledo. J. R. Jiménez y Américo Castro vivieron en Estados Unidos y en Puerto Rico hasta su muerte. Se prohibieron las lenguas catalana y vasca. Para publicar algo en catalán era necesario alterar la fecha de edición. En los colegios, por ejemplo en el mío que era uno de los menos radicales, no se aludía a maestros como Ortega y Unamuno; no había más intelectuales que Menéndez Pelayo y Ramiro de Maeztu.

Los periódicos eran panfletarios y abominables y el NO-DO un horror -a Franco se le llamó el galán del NO-DO por su asidua presencia en él-. Pero daba igual: el conde Cianno, yerno de Mussolini, fue aclamado en un coche descapotable en compañía de Serrano Suñer y Franco durante el desfile de la Victoria, mientras las cárceles estaban repletas de rojos que esperaban el día en que les tocara ser fusilados -pues se decía que Franco tenía que firmar su pena de muerte mientras se tomaba el chocolate de la mañana-. Pero daba igual: la gente de clase burguesa se divertía y recordaba los horrores de la guerra en el lado rojo y las anécdotas de su vida en San Sebastián, Burgos o Salamanca……

 

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