“Piedras azules” (cuento de Héctor Vázquez Azpiri)

Héctor Vázquez Azpiri nace en Oviedo. Licenciado en filosofía y letras. Finalista  del premio Nadal en 1955. Premio Alfaguara en 1967, Premio Principado de Asturias. Becado en Méjico por la fundación Juan March. Su obra la componen, entre otras novelas, Víbora (1955)La navaja (1965)Fauna (1967)El cura Merino, el Regicida (1974)El agregado (1998) y  La aventura de Patricia (2004).

PIEDRAS AZULES

Valía más mirar hacia las piedras, sin fijarse en nada, y esperar tranquilamente que llegara. Para ver de soslayo, además, cómo llegaba. Eso creía, sin saber por qué ni estar del todo seguro. Pero los ojos decían que no, e insistían en el misterioso lenguaje grisvioleta de los ojos. Así que apartó la vista acobardado, y se perdió otra vez el espectáculo de aquella muchacha desnuda que solía acudir allí los martes, algunas veces, del otoño. Con la luz moribunda y azulada y un poquito de tristeza entre pestañas algo húmedas. Y el agua limpia de aquel río reflejaba su desnudez y la convertía en arco iris mojado y muy inquieto y tembloroso. Y su luz de tantos colores atravesaba entre los árboles de las orillas jugando al escondite. Y pasaba de largo sin saludar ni despedirse de la gente. Algo huraña, la luz, aunque no se notaba mucho desde lejos. Merecía la pena, sin embargo, quedarse allí en silencio y ver emocionado lo que iba sucediendo poco a poco en la orilla contraria de aquel río. Y tener por dentro un poco de paciencia y mansedumbre. Sin protestar porque algunas rocas se mojaran y otras soltaran chispas al pisarlas con las tachuelas de las botas (borceguíes).

Pero se lo perdió por apartar la vista. Solo por mirar distraído hacia las piedras sin fijarse en nada más hasta que la muchacha desnuda apareciese en algunos cálidos martes del otoño entre la luz y las hojas casiamarillas de los árboles. Se lo perdió por haber aceptado la negativa de los ojos a mirarla. Quizá por la serena dulzura de las piedras que tiritaban en el agua fría y que parecían llamarlo por su nombre de verdad, a contraviento. La muchacha desnuda podría no tener voz, quizá. Quizá porque no supo encontrar un escondite seguro en la penumbra de helechos de la fronda y dominar allí sus temblores en las manos y el rubor inocente en sus mejillas. Quizá porque no quedaba más remedio. Quizá porque hubiera dejado de ser martes y el agua transparente lo sabía antes que nadie. Quizá por otras cosas más oscuras y difíciles.

Y entonces se dio cuenta. Fue un poco de repente. Y el tiempo seguía transcurriendo muy despacio mientras él se acobardaba, casi a punto de gemir.

Había perdido. Como todos los hombres y los peces, que solo saltan para morir con hipo en el

silencio. Como la mansedumbre de la yerba que se deja pisar sin pensar en la venganza. Como el camino al que llegas con retraso y a punto de romperte los músculos más finos, menos ese tan pequeño que está escondido y se mueve por dentro de los párpados. Como el olor que da un aviso de tormenta. Como el hierro que tarda tanto en oxidarse y regresar al polvo. No. Nunca existió ni existirá un remedio en el que se pueda confiar.

Sí. Había perdido.

Tendría que cambiar de rumbo y olvidarse de por qué habría venido de tan lejos.

Ya no podría hacer otra cosa, salvo quedar callado y taciturno y esperar que sus martes regresara desde el lugar oculto y misterioso en que se esconden tras la cara invisible de la luna los días de la semana cuando no están de servicio y nadie reclama a gritos su presencia, ni hay muchachas desnudas junto al agua que lo agradecen y lo esperan con sosiego y suspiros amables mientras resbala la luz de la mañana por su larga cabellera y por sus pechos erguidos, de aréolas rosadas y pequeñas. Y el agua se detiene dormida en gotitas muy escasas en la rizada selva diminuta de su pubis. Y solo entonces se podrá desandar todo lo andado y empezar a sentirla y amarla desde lejos.

Pero de poder ser, más tarde a media tarde, escondidos entre las ráfagas de sombra y con los ojos dispuestos a mirarla y verla entera , desnuda y casi transparente entre las hojas casiamarillas de los árboles que van cayendo poco a poco y haciendo rabiar de envidia al arco iris que la imita.

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