Cine: “The End” (Raúl Peña”)

El cierre de los cines tradicionales y la cada vez más evidente dificultad de acceso a salas de cine, especialmente en ciudades de medio y pequeño tamaño, es analizado por el autor.


Fue nuestro contertulio, Isabelo Herreros, quien comentó mientras tomábamos la copa de sobremesa, sentados en una terraza de la Plaza del Carmen: “Sabéis que mañana cierran los cines Acteón.” En efecto, tras veintidós años de existencia, aquellas nueve salas levantadas en el solar que antaño ocupasen los Almacenes Arias, estaban abocadas a su clausura ante la penosa ausencia de espectadores, al igual que años antes también tuvo que cerrar el cine Madrid, sito en la misma plaza.

   Pero ni mucho menos eran casos aislados sino una crisis endémica. Los elegantes cines de la Gran Vía, que con sus espectaculares panós daban alegría y color a la famosa calle, han desaparecido hasta casi extinguirse. Otro tanto cabe decir de las decenas y decenas de cines diseminados por diferentes barrios, hoy convertidos en bingos, supermercados o galerías comerciales. En los distritos de Ventas, Guindalera, Retiro y Salamanca, sólo quedan dos, el Narváez y el Victoria; este último en el que mi madre trabajó de taquillera durante cuarenta años, y donde yo crecí viendo películas de gratis cuando salía del cole. No es extraño, pues, que esté sensibilizado ante esta dramática huida de espectadores, que relaciono con el vatídico título de un película de los años 60: The last picture show.

   Tal como predijo Lipovetsky en su lúcido ensayo, La era del vacío, habitamos una Sociedad Espectáculo sometida al culto de la imagen y la comunicación digital, en la que se está perdiendo el hábito de la lectura y la rancia costumbre de salir a ver una película. Incluso los video-clubs están cerrando. ¿Por qué, entonces, se siguen filmando tantas y tan costosas películas en todo el mundo? ¿Dónde se ven?

Una primera respuesta es que el cine se sigue consumiendo, aunque no en salas sino por  otros medios: televisión en 4K, tabletas, teléfonos digitales, o las novedosas plataformas de pago. Circunstancia por la que el Jurado del último Festival de Cannes, presidido por Pedro Almodóvar, se negó a premiar una película Netflix porque nunca se proyectará en los cines. La segunda respuesta podría ser que –a excepción de la industria de Hollywood- en todos los países del mundo, y especialmente en Europa, el cine está subvencionado por el Estado como un bien cultural necesario, ya que en él se reflejan su identidad e imagen como nación.

   La tecnología digital ha revolucionado nuestra percepción del mundo e incluso el modo de relacionarnos. Vivimos pendientes de la comunicación instantánea, de la toxicidad y pos verdad que las redes sociales arrojan sobre el internauta. ¡Es imposible prever el grado de manipulación a que estamos sometidos! La gente camina ausente por la ciudad con los oídos tapados por auriculares, absortos en los veloces e inanes whatssap que transmiten las pantallas táctiles de sus iphones. Otros, especialmente los niños, viven sometidos por las consolas de sus video-juegos o cualquier otro comecoco. Ya pocos van al cine, y mucho menos los jóvenes, a quienes se engatusa con nuevas generaciones de Superhéroes o guerras en las galaxias. Ni siquiera campañas como el Día del espectador o la Fiesta del cine consiguen llevar público a las salas. La humanidad es adicta del medio digital, verdadera revolución de nuestro tiempo.

   Lo cual viene a confirmar aquella enigmática profecía que el filósofo de la comunicación, Marshall Mcluhan, enunció a mediados del siglo XX: el Medio es el Mensaje. O dicho de otra forma: que las nuevas tecnologías (ordenadores, teléfonos, televisión, líneas de fibra óptica, plataformas digitales e inesperados softwars) han escrito el The End de los antiguos cines, allí donde soñábamos con los ojos abiertos.

 

 

2 comments

  1. Así es el dedo de dios en el móvil y lo tenemos todo. Pero esta tecnología de matrix , no ha acabado ni con el cáncer, ni con la miseria ni con casi nada, no sirve solo para una cosa aislarnos.La belleza de Cinema Paradiso nos queda con la música de Ennio Morricone que en estos momentos estoy escuchando. Los recuerdos en las noches en el Café Gijón y soñar con” esplendor en la hierba” y sus odas a los himnos de la inmortalidad “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”

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