“El tanto por ciento” (cuento mexicano) (Isabelo Herreros)

En el pequeño Museo local de Tlacotalpan, en parte dedicado a la historia de la ciudad, y en parte polvorienta y deshabitada vivienda de quien fuera en vida destacado pintor, Salvador Ferrando, suele dormitar un vigilante, lugareño de aspecto cetrino, bajito, que, a veces, picado por algún viajero curioso o impertinente, se yergue orgulloso de su origen azteca y improvisa las mas curiosas explicaciones que he escuchado a lo largo y ancho del planeta. El buen hombre suele distraer el tiempo de inactividad, que es casi todo, en la elaboración de alguna que otra miniatura de las típicas mecedoras veracruzanas, para venderlas a los escasos visitantes del curioso y destartalado museo. Se me ocurrió preguntar por la procedencia de los fondos museísticos.

-“Mire señor, se trata de un museo que no tiene ayuda oficial, por eso le pedí unos pesitos por la entrada, para ayuda al sostenimiento, es decir 100% autofinanciación. Pero de lo que me pregunta le puedo decir que en un 50% son donaciones de la familia de la casa y en otro 50% son donaciones de buenos ciudadanos tlacotalpeños.

   Derivé la conversación hacia las costumbres y usos de la localidad, y me di cuenta de que don Porcentaje también tenía clasificada a la población con precisos datos estadísticos y hasta por el origen de las economías domesticas y aficiones dominicales.

-“Mire señor, el 25% se dedican acá a la agricultura, en otros tiempos era esta la ocupación del 50%, pero ahora no, otro 25% se dedican a la fabricación de muebles, muy buenos y de gran calidad, son 100% de madera, otro 25% viven del turismo, y el otro 25% son funcionarios, estos últimos en mayor porcentaje dependen del Gobierno veracruzano. Llevé la conversación al terreno de los paisajes que se podían contemplar en la desembocadura del rio San Juan, pero ni por el río pude huir de los porcentajes del pintoresco guia. Al detenerme en la observación de un oleo, que representa a un viejo chamán local, me informó que actualmente solo un 30% de la población desconfía de los médicos de los hospitales y por ello siguen, -este porcentaje de desconfiados de la ciencia,- con su ancestral confianza en los ancianos sanadores indígenas. Me aguanté las ganas de preguntar la causa de la oscuridad reinante en algunas estancias para no encontrarme con una disertación acerca de la historia de la llegada del tendido eléctrico al lugar y los porcentajes de consumo de cada fragmento social de la población. Sí le pregunté por el destino de los pequeños barcos que rio arriba circulaban a esa hora; aquí fue menos porcentual la respuesta:

“Pues verá, señor, unos pocos buscan pescado, muy rico el de la desembocadura del río, otros regresan a los ranchitos tras hacer compras, por ser hoy día de mercado, y solo un porcentaje –me lo estaba esperando- como de un 15% se dedican a pasear a visitantes.”

Salí a la plaza, ocupada en un 20% por vehículos estacionados, volví a Veracruz por una carretera interior con un 50% del firme en pésimo estado y dirigí mis pasos a un restaurante de los porches de la Plaza principal. Tras degustar una comida 100% marina regresé al hotel Mogambo, pegado al mar y en el que se han ambientado varias películas. No recuerdo las horas que dormí, solo recuerdo que era noche cerrada al despertar; y no sé si lo que me devolvió al estado de vigilia fue el sonido de una ventana golpeada por el viento o los golpes en la puerta de una joven empleada de la recepción. -Que ocurre?, dije sobresaltado, -Nada grave señor, pero me preocupé por usted, el ruido que hacía el viento   al golpear las ventanas de su pieza se escuchaba en todo el hotel y pensé que podía ocurrirle algo. Celebro que haya dormido bien señor, pues casi el 75% de los clientes no pegaron ojo, debido a que casi toda la noche, cerca del 100% hubo viento norte.

   Me dirigí con rapidez al baño, pero no noté nada anormal al mirarme al espejo. Me vestí, hice la maleta y, apenas amaneció, me regresé a México D.F. Durante el trayecto tuve tiempo de pensar con sosiego y casi me convencí de que todo había sido un sueño, incluso el despertar tormentoso-porcentual, pero no pude evitar memorizar, de modo inconsciente, en forma de números, los puestos de peaje, las paradas realizadas, kilómetros y otros datos que habitualmente no me preocupan. Anotaré en mi agenda que tengo que consultar estas cosas con un psicoanalista en mi próximo viaje a Buenos Aires.

 

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