De motes y apodos. El español y su afición a la zoología (José Esteban)

Don Julio Cejador, en un estudio acerca de la significación de los motes y apodos en nuestra lengua, afirmaba que, lingüísticamente hablando, en España, todos somos zoólogos y  que nuestro hábitat no es otro sino una verdadera selva. Así, con toda naturalidad, decimos, fulano es un chinche, un puerco, un gallina, es muy zorro, o bien, corre más que un galgo, canta como una calandria, es más listo que una ardilla, más escurridizo que una anguila, o tiene más conchas que un galápago. Y así hasta el fin del mundo.

   ¿De dónde nos viene esta afición de compararnos con los animales, con todos y cada uno de los animales con los que nos relacionamos y también con los que no nos relacionamos y que nos quedan lejos?

   Según el sabio filólogo, es en los apodos de animales donde la metáfora y el genio poético de los españoles llega a las más felices metáforas. Y para explicárselo recurre al apólogo. Es el apólogo figura retórica por la que el hombre atribuye a los demás seres sus propias cualidades. Es decir, “atribuye a los animales sus propios sentimientos y fantasea una ética animal paralela a la ética humana”. Así, el león es noble, cobarde la gallina, diligente la hormiga, laboriosa la abeja, tanto como el zorro es artero, caprichosa la cabra,   vanidosos el pavo y estúpido el asno. Se trata en realidad de una ética  fantástica, es decir poética, porque “el hombre es poeta por instinto y humaniza cuanto le sale al paso”.

   Radica aquí una de las grandes riquezas del español. No hay animal que no haya servido de punto de comparación a nuestros abuelos para expresar las cualidades y los defectos humanos, ”que de suyo eran tan difíciles de ex- presar por lo complejas y abstrusas”. ¿Son o fueron otros pueblos tan aficionados al apólogo como lo es el nuestro?

   Si hemos de creer al ilustre lexicógrafo, no existe idioma alguno “cuya penetración y fantasía puedan parearse, ni aún de lejos, con la penetración y fantasíao de nuestro pueblo”. Y se pregunta si existen “términs franceses o latinos, ingleses o griegos que pinten y respondan a nuestros verbos azorarse como la garza perseguida por el azor o amilanarse como los pajaritos a la vista del milano”.

   Y para demostrarlo enlaza una impagable retahíla de verbos procedentes del mundo animal, verdaderamente apabullante. Veamos tan sólo algunos ejemplos. Aconcharse, como la tortuga o el caracol; aturdirse, como lo hace el tordo; encabritarse, como el cabrito; alebronarse o alebretarse o alebrarse, como las liebres; atortolarse, como la tórtola; pavonearse, como el pavo; encapricharse, como la cabra que se encarama; agazaparse, como el gazapo; achicharrarse, como la chicharra con el calor; amoscarse, como el molestado por las moscas; serpentear, culebrear y culebrinear, tal y cómo lo hacen la serpiente, la culebra y la culebrina respectivamente. Añadamos, engatusar, como el gato; andar aperreado, como el perro; babosear, tal y cómo lo hace la babosa; zangonear, como los zánganos; agusanarse, como lo lleno de gusanos, y, entre muchos otros, trasconejarse, como suelen gustar de hacerlo los conejos.

   ¿Quién da más?

  Este lingüista pensaba que, si reuniéramos todos los motes que hoy existen en España, superarían al mismo Diccionario, y “lo más gustoso, sin embargo, y a la vez lo más instructivo sería ver cómo en un cuadro el genio poético y filosófico de nuestro pueblo”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s