El otoño siempre hiere* (Raúl Guerra Garrido)

Querido amigo: Confío en que cuando leas/participes en esta tertulia, mi última novela (última por ahora, también confío), publicada por Muchnik, El otoño siempre hiere, esté a punto de llegar a las librerías. Este otoño es un dubitativo viaje entre la realidad y la muerte que bien hubiera podido titularse El dilema de Mefistófeles, un juego incluido en el texto y que te propongo a modo de avance de la novela y de invitación a participar, al menos teóricamente, en tan particular desafío. Helo aquí:

   La aceleración histórica del siglo XX, incorporando el caos y el azar a la más avanzada tecnología, ha sofisticado cualquier propuesta. Después de Heisenberg, la incertidumbre es una constante que arruina cualquier planteamiento de todo o nada, de blanco o negro; si el camino no existe, se hace al andar, la meta se configura como un horizonte inaccesible: camino y meta son datos cuantificables, pero su valor apreciaciones subjetivas. Los medios confunden al individuo y el fin se confunde con los medios. Las ofertas de fin de siglo son ya diferentes. El actual Mefistófeles, posmoderno y finisecular, se ha puesto al día y el contrato que hoy ofrece es más complejo. Ya no es un simple trueque, un toma y daca. Quiere apoderarse de tu alma, por supuesto, pero no a cambio de una recompensa unívoca, sino de una recompensa a elegir entre las dos opciones de un dilema, sofisticada forma de también torturarse en vida, pues nunca tendrá la certeza de haber seleccionado la para ti más conveniente. Su dilema es una sutil variante del dilema del prisionero, el de antes morir que perder la vida.

   Supongamos que tú, lector, eres un presunto novelista. Estás dispuesto a dejarte la piel en el intento, sin la literatura tu vida no tendría sentido y por conseguir ese título que te sitúe entre los elegidos, en

la gloria del Parnaso, serías capaz de asumir cualquier sacrificio. Rematas la frase con que abres tan ansiada narración, dudas en cómo continuarla, angustiosa duda, y en ese preciso instante, Mefistó-feles te propone su dilema. Tu alma a cambio de una de estas opciones.

   En la primera opción la frase de tu obra en marcha, por sí misma, con una facilidad inaudita, se conforma en un texto sólido, terminado, único y ejemplar, en una obra maestra, en tu particular e inmarcesible Quijote. Un éxito fulminante, monumental y clamoroso, y también, sin duda alguna, perenne. Con una condición complementaria, a partir de ahí ni una línea más, vivas lo que vivas nunca más volverás a escribir y nunca sabrás si tan ágrafa conducta es impotencia o narcisismo.

   En la segunda opción, esa misma frase parte de una obra en marcha, se conforma trabajosamente en un texto nada deleznable, pero, por alguna razón, fallido aunque, eso sí, abierto a la posibilidad de otra novela encomiable pero…Un juego de paciencia, de caja china o de matrioska rusa, que nunca habrás de culminar, pero que se prolongará entre la esperanza y el sufrimiento hasta el día de tu muerte.

   Las malas lenguas dicen que el primer hombre a quien Mefistófeles propuso su dilema fue a Juan Rulfo. Presunto escritor y tertuliano habitual, ¿cuál de las dos opciones hubieras elegido? Depende de cómo la creatividad y otras drogas varias circulen por la sangre, ya lo sé, de ahí que solicite tu respuesta, a ser posible comentada, para entre todos definir la imagen del Doktor Faustus de este fin de milenio. Sí, claro, también daré la mía1.

1Juan Rulfo aceptó la primera opción y escribió Pedro Páramo.

*De Tertulias de rebotica. Alianza Editorial, 2016

 

 

 

 

 

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